lunes, 11 de abril de 2011

Dársenas del infinito


Cesan los ruidos del entrechocar de platos y cubiertos, la cena acaba como había empezado, las voces del vecindario se agotan, los muebles comienzan a arrastrarse por si mismos, y con el último cigarrillo comienza el oleaje de las sábanas. Cada noche, fragmentos de sueños y esporas de una vida imperceptible se escapan sin plan de fuga por la estructura atómica de las paredes. Contenidos en los patios de luces como en chimeneas apagadas, mezclan su materia en un extraño sueño común que nadie puede llegar a soñar. Asisten a él, y a su modo, los fantasmas de la ropa ya recogida de los tendederos hace escasas horas. Y algo que liberan las esporas se enlaza silenciosamente con la luz de las estrellas. Y viaja. El sueño muere de viejo, se desprende como ceniza y se deposita como partículas de polvo invisible en el suelo del patio y sobre la ropa que aún está tendida. Mañana la vecina del bajo barrerá el humo de esta noche.

No hay comentarios: